- Resulta difícil justificar que productos de panadería y pastelería que ya contienen azúcar necesiten, además, ser recubiertos con cantidades generosas de este ingrediente. En el Froiz de la Avenida de Oza, 16, A Coruña, llama especialmente la atención la cantidad de azúcar que se añade exteriormente a determinados croissants, bollos de leche y otras piezas de bollería. Pero el caso de las empanadas de manzana resulta todavía más llamativo: una capa exterior de azúcar tan abundante que convierte un producto de fruta en algo que visualmente parece más próximo a un roscón. No estamos ante una cuestión estética menor: cuando el azúcar añadido puede reducirse sin que el producto deje de ser lo que es, cabe preguntarse por qué se incorpora en tan altísima cantidad.
- El azúcar no es un alimento inocuo cuando se consume en exceso. La Organización Mundial de la Salud recomienda que tanto adultos como niños reduzcan los azúcares libres a menos del 10 % de la ingesta energética diaria y, preferiblemente, a menos del 5 %. La OMS señala además que un consumo elevado de azúcares libres aumenta el riesgo de caries y contribuye al aumento de peso no saludable y a la obesidad. Por tanto, añadir azúcar adicional a productos que ya pueden contenerlo no debería contemplarse como una cuestión sin importancia, especialmente cuando existen alternativas perfectamente viables para elaborar productos apetecibles con menos azúcar.
- La preocupación es todavía mayor cuando hablamos de niños y niñas. Los hábitos alimentarios se forman desde edades tempranas y pueden prolongarse durante la adolescencia y la vida adulta. La OMS advierte de que la obesidad infantil incrementa el riesgo de problemas de salud importantes, mientras que la caries infantil puede provocar dolor, dificultades para comer y dormir y afectar a la calidad de vida y al rendimiento escolar. En este contexto, normalizar que determinados productos de consumo habitual aparezcan sistemáticamente cubiertos de azúcar supone enviar un mensaje alimentario poco responsable a una población especialmente vulnerable a la adquisición de hábitos que pueden mantenerse durante años.
- Por eso, no basta con decir que quien compra un producto de bollería sabe lo que está comprando. La responsabilidad también debe recaer en quienes elaboran y comercializan los alimentos. Una cosa es que una persona decida ocasionalmente consumir un producto dulce y otra muy distinta que, pudiendo evitarlo, se le añadan cantidades suplementarias de azúcar que no parecen imprescindibles para su elaboración. La propia OMS establece que la base de una alimentación saludable debe estar constituida por alimentos con bajo contenido en azúcares libres y recomienda limitar estos azúcares durante toda la vida.
- Froiz, como cadena de supermercados con una importante presencia en la alimentación cotidiana de miles de familias, debería asumir esta cuestión con seriedad y revisar sus procesos de elaboración en panadería y pastelería. No es razonable que, mientras las autoridades sanitarias alertan de los efectos de un consumo excesivo de azúcar, se siga añadiendo azúcar por encima de productos que pueden ofrecerse perfectamente sin semejante cobertura. Reducir estos añadidos no impediría vender bollería, no eliminaría la libertad de elección del consumidor y no acabaría con la repostería: simplemente evitaría un exceso innecesario. Y cuando hablamos de la alimentación de niños y niñas, la prudencia debería estar por encima de cualquier argumento comercial basado en hacer que un producto resulte todavía más dulce y llamativo.
- Por todo ello, la Asociación Española por la Igualdad de Género Genus Aequalitatem solicita a Froiz y al resto de supermercados e hipermercados contribuir a la eliminación de azúcares añadidos de sus productos elaborados en panadería y pastelería, especialmente cuando esos añadidos no resulten imprescindibles para la elaboración del alimento. Se trata de una petición de responsabilidad, de prevención y de sentido común: si podemos reducir el azúcar innecesario que llega a la alimentación cotidiana de nuestras familias, y especialmente a la de nuestros niños y niñas, ¿por qué no hacerlo?
