• Hablando se entiende a la gente y, a veces, se entiende tan bien que es mejor que no hable esa gente. Ana Obregón estaba mejor callada. Se hubiera evitado una frase que pasará a los recuerdos de las hemerotecas: «Esta niña tiene que comer». Pensábamos que la pequeña Ana Sandra tenía su vida solucionada en lo que a la situación económica se refiere, pero parece que no. Según su madre-abuela, la niña se estaba ganando las habichuelas con tanto posado.
  • Ahora cambiará la cosa. Ana Obregón ha prometido que no habrá más exclusivas en revistas. En sus redes sociales la niña saldrá de espaldas. Eso es suficiente para que las marcas acepten seguir pagando por los modelitos infantiles que luzca la nieta-hija de la protagonista de Ana y los siete. La niña seguirá ganándose la vida como una artista infantil que va haciendo caja.
  • Escuchar a Ana Obregón en su última entrevista es como escuchar a una mujer con problemas económicos. No parece Ana la hija de una familia adinerada gracias al ladrillo. Ana se define como una curranta y define a su niña como a una pobre criatura que solo la tiene a ella y ella ha cumplido los setenta. Un poco tarde para preocuparse por su edad como madre-abuela. Haberlo pensado antes de darle vida a un espermatozoide de su hijo muerto.
  • El tiempo dirá cómo será Ana Sandra de mayor. Asusta un poco una niña a la que enseñan a llamar papá a la foto de un chico en un álbum familiar y que la comparan constantemente con su padre de niño. La mamá-abuela hasta la peina casi como peinaba a su progenitor de niño. Solo ahora le pone alguna horquilla adornando su cabecita llena de rizos, que hasta antes de ayer llevaba sueltos como el papi niño.
  • Mucho me temo que la adolescencia de esta niña sea dura. El dinero alivia, pero no salva de los tortuosos caminos que recorre la mente humana. Ana Sandra empieza su vida como la prolongación del padre muerto. Y vive con una abuela que no sabe si es madre o si es abuela, o si es la asesora financiera de la niña.
  • Démosle tiempo al tiempo y deseémosle a la pequeña Anita mucha felicidad, además del dinero que le está buscando la madre-abuela a golpe de foto de Instagram.
  • En la Asociación española por la Igualdad de género «Genus Aequalitatem» no creemos que sea bueno para la salud mental de la menor tanto recuerdo, tanta comparación, tanto protagonismo, tanta exposición mediática. Dejemos que las niñas y niños sean niñas y niños. Ya tendrán tiempo para trabajar una vez que cumplan la edad legal para currar, es decir, los 16 años.

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